El hotel Pulitzer, del mismo nombre que el prestigioso premio, es un ejercicio de inteligencia arquitectónica llevada al extremo. Situado sobre uno de los canales más bonitos de Ámsterdam, está armado sobre la unión de veinte casas de comerciantes. Sin sobrepasar las cinco alturas, sus muros de más de 200 años de antigüedad son la morada de uno de los hoteles más sorprendentes de Europa.
Las antiguas casas de comerciantes que conforman el hotel Pulitzer son estrechas y de formas caprichosas y sorprendentes. La mayoría de las ventanas cuentan con cristales emplomados y los techos a dos aguas asoman al canal de la Princesa, el Prinsengracht, dibujando una curva alrededor de una pequeña calle lateral hasta llegar al canal de Keisergracht. El conjunto forma una U que envuelve un patio y un jardín interiores.
Otra más de las muy variadas ofertas de alojamiento de nivel y calidad en Ámsterdam. No en vano la capital de Holanda es punto de encuentro de un gran número de congresos, ferias y jornadas de muy diversas temáticas. De todos modos, entre todas ellas, llaman la atención las que optan por ofrecer algo diferente. La diferencia es, sin duda, la principal virtud de este hotel.
Un nombre convertido en marca reconocida
Fue el bisnieto del poderoso empresario de la prensa Joseph Pulitzer quien rescató el deteriorado hotel y las casas de comerciantes al borde del canal en el año 1971, cobijándolo bajo un nombre de prestigioso, que garantiza los medios para ofrecer a sus clientes una calidad y un confort del más alto nivel.
El ambiente está lleno del encanto atemporal tan típico de la ciudad de Ámsterdam, foco de multiculturalismo y civilización desde hace tanto tiempo. La mitad de las habitaciones poseen unas vistas magníficas sobre el canal, que ganan mucho al caer la noche, cuando los puentes en forma de arco se iluminan de cientos de luces diminutas.
Un laberinto de privacidad
El recorrido por los pasillos y habitaciones ofrece una gran cantidad de espacios privados y acogedores para acomodarse o descansar en las últimas horas de la tarde, cuando la luz que ha hecho famosos los paisajes de los pintores holandeses se cuela a través de las ventanas. Una luz, recortada por tejados y muros, que mantiene la misma intensidad de aquellos lejanos años de los frescos y las acuarelas.
El café del mismo nombre, en la planta baja del edificio, enseguida se ha convertido en un lugar de moda, donde los platos de su restaurante, dan más motivos a los huéspedes para gastar las horas dentro del hotel. Todo con la intención de permitir a los viajeros, ya sean habituales del local o nuevos turistas ansiosos por conocer la ciudad, contar con un lugar único en el corazón mismo de la capital holandesa.
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