Hay ciudades que recuerdan a amores pasados, amores en los que no se puede evitar pensar con nostalgia de vez en cuando. La capital de Holanda provoca este tipo de sensación, difícil de definir. Las promesas y los olvidos, los deseos y las sorpresas están al acecho en Amsterdam.
Esta ciudad es la válvula de escape de la juventud holandesa; es al mismo tiempo cielo e infierno, el hogar del calculador espíritu comercial que, a pesar de todo, sigue conservando un aspecto íntimo y accesible. Es del todo imposible aburrirse, Amsterdam subyuga al visitante, le seduce, le roba la inocencia, puede hacer de un hombre cabal un exhibicionista y convertir a un turista en un mirón.
Esta ciudad con alma, en la que se mezclan el mundo exterior y el esotérico, es un espacio dinámico y estrictamente definido, que acoge a todo individuo encantándolo o produciéndole rechazo. Amsterdam exige tomar pardito y no admite peros que valgan.
El mayor asentamiento de palafitos del mundo
Hablemos ahora del mayor asentamiento sobre pilotes del mundo, en el que incluso la más pequeña de las casas frontón se levanta sobre 200 troncos de pino nórdico procedentes del Báltico o de Suecia, y cuya imagen queda definida por la multitud de canales y puentes curvos.
Estos elegantes palacios urbanos, construidos en su tiempo por comerciantes que debían su fortuna al comercio de especias, opio, armas y esclavos, confieren a esta urbe holandesa un aspecto aristocrático.
Esta idílica imagen, tal y como la reflejó Caspar Philips Jacobszoon entre 1768 y 1771, se puede contemplar aún: la armonía de la red de canales, cuya construcción data del año 1612.
La herencia de los refugiados belgas
Alrededor del antiguo centro medieval de la ciudad, los habitantes –refugiados flamencos procedentes de las ciudades de Amberes, Gante y Brujas, dominadas por los españoles- erigieron suntuosos palacios en Herengracht, Keizersgracht y Prinsengracht.
A pesar de los ingentes costes, estos refugiados proyectaron jardines sobre los canales situados detrás de las casas. Así lo habían aprendido de los italianos, tomando como prototipo el palacio de Rubens, en Amberes.
Estos fastuosos jardines adoptarían un estilo francés o inglés, según la moda de la época. Se puede visitar alguno, como el de la Casa Willet-Holthuys, en la Herengracht (el Canal Grande de Amsterdam) o el Museo de van Loon, en la Keizersgracht.
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