El campanil de la torre de la iglesia Westerkerk resuena por encima de los graznidos de las voraces gaviotas, y en algún rincón se escucha la musiquilla de un organillo. La gente se detiene para observar este fascinante y antiguo instrumento popular.
La Amsterdam dedicada a los turistas es pequeña y limitada. El centro histórico no alcanza los 100.000 habitantes. Gentes venidas de todas las partes del mundo se han mezclado en esta ciudad portuaria, y hacen que la vida parezca fácil y humana.
Lenguas y dialectos que uno nunca ha escuchado antes se rumorean en esta Babel holandesa. Jóvenes de piel oscura con ojos típicos holandeses, gente de Surinam e Indonesia, de Aruba y China: una convivencia familiar que favorece la tolerancia.
Las escasas similitudes con Venecia
Es de todos conocida la comparación de la ciudad con Venecia, una compraración errónea que podrán certificar quienes conozcan ambas ciudades. El paralelismo lo estableció por primera vez el italiano Ludovico Guicciardini (1576).
Si bien existen elementos comunes –ambas fueron construidas en áreas pantanosas, donde domina el agua; las dos eran repúblicas habitadas por ciudadanos adinerados, eran centros comerciales, financieros y ciudades tolerantes-, cuando Amsterdam logró convertirse en potencia mundial abriéndose camino con las armas, ya había pasado la mejor época de la ciudad adriática.
Amsterdam es melancólica, estricta y está regida por el calvinismo. Venecia se caracteriza por ser una ciudad frívola, despreocupada y sus caminos son dirigidos por el catolicismo. Sobre Venecia se escribieron canciones y se hicieron películas; sobre Amsterdam sólo se elaboró alguna que otra canción po.
Una ciudad de puertas abiertas
En el casco antiguo todo es chillón y llamativo. Las monjas proporcionan duchas calientes a las almas perdidas, las mujeres policías son sexys hasta cuando no llevan tacones y los gángsters muestran aquí la mejor de sus sonrisas.
La contradicción entre los traficantes de drogas y las militantes del Ejército de Salvación, entre los asombrados turistas y las prostitutas desnudas, entre los africanos y los verduleros que gritan en el mercado, entre la rigidez calvinista y la alegría de vivir católica, marcan el ambiente que ha hecho de Amsterdam una ciudad de puertas abiertas.
Aquí la gente cuenta sus pequeñas vivencias y llora las terribles tragedias de su vida. Cualquier podría pasarse la vida entera aquí y, con todo, vivir cada día una experiencia nueva y única. Las casas de frontón y ladrillo, hechas de teja y piedra, los olmos y las hileras de casas al borde del agua configuran el escenario que hace posible representar la eterna función teatral que es Amsterdam.
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