Dentro de los miles de lugares para conocer en Ámsterdam, hay uno en especial que condensa entre sus paredes todo lo fascinante y trágico que la Historia puede llegar a enseñar. El museo de la Fundación Ana Frank es el lugar perfecto para revivir el fascinante espíritu de un mito como la adolescente holandesa enfrentada al delirio nazi.
El Diario de Ana Frank es uno de los libros más conocidos y traducidos de la historia. Un conmovedor recorrido de la mano de su joven autora por los dos años que ella y su familia permanecieron escondidas de los nazis en el ático de una modesta. Una narración estremecedora por todo lo que significa, el enfrentamiento entre la ilusión e inocencia de una mente llena de magia y la barbarie salvaje de uno de los mayores sinsentidos de la historia de la humanidad.
Tras conocer muchos de esos lugares existentes en Ámsterdam que son una celebración de la civilización, la tolerancia, el ocio y la diversión, una parada en el museo dedicado a Ana Frank nos recuerda que la especie humana, de la que formamos parte, tiene un lado oscuro del que no se conocen los límites.
Esperanza en medio de la opresión
Durante la Segunda Guerra Mundial, el ejército nazi ocupó un buen número de países de Europa. De entre ellos, los situados junto a las fronteras alemanas, fueron los primeros en caer bajo el poderío de la maquinaria de guerra de Hitler. Holanda fue de los primeros en quedar bajo su dominio, lo que convirtió a la población de origen judío en pasto de los siniestros planes de las SS.
La lucha no era una opción y los que no pudieron huir optaron por esconderse. Ana Frank, su familia y la de un empleado de su padre, se ocultaron en el ático de la antigua casa de 1635 de unos amigos. Durante dos años permanecieron en silencio, en cuartos apretados, sin poder abrir una ventana ni salir a la calle. Todo ese calvario para, al final, ser apresador y enviados a un campo de concentración. De todos ellos, sólo Otto Frank, el padre, salvó la vida.
Un museo para el recuerdo
Recordar la Historia es fundamental para no repetir errores pasados, algunos de una magnitud tan trágica que cuesta llegar a imaginárselo. El museo de Ana Frank, en el número 263 de Prinsengracht, junto al canal, es un lugar tan especial como la historia que se vivió allí dentro.
En la planta baja está expuesto el diario de la joven, como una parte de la exposición permanente. El paso por la puerta escondida tras la estantería corrediza oprime el pecho, pero no tanto como llegar al cuarto de la joven, en el que todavía permanecen en las paredes los recortes de cine que la propia Ana Frank pegó. Conmovedor.
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