Un nombre como el de Vincent Van Gogh, el artista holandés más importante del siglo XIX y uno de los más grandes de la historia de la pintura, no podía quedarse sin su propio museo personal. Ámsterdam es el lugar en el que la visión de cuadros como Los Girasoles o Campos de trigo con vuelo de cuervos se grabará en su memoria como uno de los recuerdos más vivos de su visita.
El edificio del museo Van Gogh acoge más de 200 cuadros, 500 dibujos y 700 cartas del genial holandés. Toda una muestra de los límites que puede llegar a pisar una personalidad desbordante y casi incontenible como la del pintor. No en vano su final fue de lo más trágico, y ese sentimiento funesto puede palparse en muchas de sus creaciones.
Sin embargo, al contemplar el colorido y la vida de cada uno de los óleos, frescos y pinturas que salieron de las manos de Van Gogh son el ejemplo del nivel de excelencia que puede alcanzar un artista. Toda la muestra tiene un valor incalculable, tanto en lo económico como en lo cultural, y para cualquiera con un mínimo de interés en la pintura, una parada en el edificio hará que no se vuelva de Ámsterdam con la sensación de haberse perdido algo.
Arquitectura al servicio de la muestra
Todos los visitantes, tanto los que tienen conocimientos de arquitectura como los profanos en el tema, se sorprenden ante el nuevo anexo del museo, diseñado por el arquitecto japonés Kisho Kurokawa. Revestido de piedra gris y acero de titanio, conforma un espacio tan llamativo como acogedor.
Un espacio lleno de luz en perfecta comunión de las visiones europea y japonesa, ideal para albergar todas las pinturas de Van Gogh que pueden verse, desde sus primeros trabajos, realizados en torno al año 1881, en los Países Bajos, como los que ideó días antes de suicidio, en Francia, cuando contaba con 37 años de edad.
Sin duda, la angustiosa vida del artista puede percibirse con facilidad en sus trabajos, así como el final violento y tal vez predecible en algunas de sus más turbias y tenebrosas pinturas. Un recorrido por los días del pintor, en el que también tienen cabida obras de autores que le influyeron o fueron influidos por Van Gogh.
Diez años intensos
La intensidad con la que el pintor holandés vivió su vida y su obra se resumen en este dato. Van Gogh compuso su primera obra en el año 1881 y, en el momento de su trágica muerte, en 1890, había pintado 879 cuadros. Eso arroja un dato absolutamente espectacular de casi 100 cuadros al año. El loco del pelo rojo era capaz de crear un lienzo genial casi cada tres o cuatro días. Increíble.
Toda esa tremenda intensidad creativa se descompone en varias etapas, todas ellas perfectamente definidas. Esos ciclos se cierran en julio de 1890, con el suicidio del pintor, dejando a la pintura huérfana de uno de sus mayores genios, y lanzando un mensaje perturbador. No hay más que leer las cartas a su hermano Théo para hacerse una pequeña idea de las dimensiones de su angustia.
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